Por alguna razón, que no logro desentrañar aún, existe un vínculo más que especial entre algunos seres humanos y las palabras. Sucede en todo orden de cosas: hay unos más cercanos a los números, otros a las ciencias, otros a la comida, otros a la mecánica, otros a las letras.
En esta ocasión y como era de esperarse, me referiré a las letras, a esas letras que forman palabras y que nos ligan a la vida de una manera especial. Es que el vínculo con las palabras condiciona también la esencia de ser humano. Digo, son ellas las que nos diferencian, las que nos separan; por lo tanto, entenderlas y usarlas de una manera más distinta aún se separa de lo ya separado. Si, es extraño, pero no tan extraño; al menos para mí, parece absolutamente lógico.
Durante los últimos días, me he pasado horas y horas intentando comprender por qué las mismas palabras no significan lo mismo para dos personas. Hubo quien me dijo que la comprensión diferenciada podía deberse a la carga cultural, a la valoración social o a la inteligencia emocional. Otros me dijeron que siempre iba a haber diferencias de comprensión entre hombre y mujeres por un tema de género y peor si le sumábamos diferencias etáreas. Entonces, la culpa nunca era mía, nunca era de otro: siempre hay algún factor externo que media la incompatibilidad en la comprensión. Fácil, Manos lavadas.
Pero no, para mí no podía ser así no más. ¿Dónde queda, entonces, la voluntad de entender al otro? Voluntad. Esa parece ser la clave... cuando se quiere, se puede. Al menos, aplica para este caso. Podemos entender la realidad de una manera tremendamente distinta, podemos tener experiencias que nos condicionen a entender las cosas de acuerdo a parámetros opuestos. Pero eso no nos priva de ser empaticos.
De todas maneras, hay un punto en el que no cejaré, al menos, hasta que pueda demostrarse lo contrario. Podemos apelar a cosmovisiones distintas, a crianzas diferentes, pero las palabras siguen significando lo mismo. ¿No es lo suficientemente claro? Por ejemplo, Juntos va a significar siempre tu y yo nosotros, obrando unidos y cercanos.
Que cada uno se engañe como quiera. Pero no le echemos la culpa de los malos entendidos y de las distancias extendidas a las sabias palabras.