Es una sensación extraña... de esas que no siempre podemos explicar.
Y con eso debiera bastarme para cerrar la boca o detener los dedos y cesar en los intentos por explicarlo, pero no puedo ... no puedo porque molesta y puja por salir. Me abruma y por más que lo tapo con la alfombra, ya no alcanza para cubrirlo.
Soy feliz. Tengo una familia maravillosa, unos papás increíbles. Hermanos, tíos, abuelas, sobrinos, primos. Unos amigos que valen oro. Certezas. Esperanza. Prioridades.
Pero llega un punto, ese punto, en el que apareces con noticias; ni tan buenas ni tan malas y haces que reaparezcan mis temores. Te culpo, si, te culpo porque podrías haberlo evitado. Apareces y me haces recordar lo que podría tener o ser y no quise ... no pude. Apareces y le das comida al monstruo. Apareces y las lágrimas anegan de nuevo las ventanas del alma. Fuiste tu, que te adelantaste. Tú, que pones cara de pena y te vuelves víctima de ti mismo... y de mis miradas cargadas de pena y rencor.
Soy feliz pero tengo miedo y pena. Feliz con matices. Feliz con pausa. Podría conversarlo, exteriorizarlo, pero no sería suficiente. Quitarle la comida a la bestia para que deje de ocupar espacio vital, espacio de mi felicidad.
Gatillazos de ultranza en la mirada. Te vas y yo me quedo con el algo adentro. No, no te vas. Estás aquí al lado, con tu felicidad en mi cara. De todos modos, aunque sea tu culpa, espero que seas feliz. Que alguno de los dos lo sea.
La sensación extraña no va a desaparecer. A lo sumo puede transformarse. Y lo hace. Le suma peso a mi monstruo. Y este me aplasta las emociones, alterándolas.
Soy feliz, de un modo distinto. Ese que sólo yo y algunos de ustedes, podemos comprender.