Hace casi seis meses escribí:
"Cambia la vida cuando nace alguien.
Cambia la vida cuando muere alguien.
Cambia el país con un nuevo gobierno.
Cambia la gente con un poco de plata.
Cambia el humano con un poco de poder.
Cambia la música con un nuevo instrumento.
Cambia el fútbol con un nuevo campeón.
Cambia el rumbo con un nuevo recorrido.
Cambia el día con un par de lágrimas.
Cambia la vida con un buen amigo.
Cambia el futuro con estudios y trabajo.
Cambia la relación cuando no hay confianza.
Cambia la obra con una bajada de telón.
Cambia el panorama con otros protagonistas.
Cambio yo cuando no estas tu.
Cambia, todo cambia. Esa es la gracia: El Cambio. Por eso estoy aquí, porque lo defiendo, porque lo espero, porque lo añoro, porque me da vida, porque es lo que me ha hecho conocer diversas aristas de esto que llamamos vida".
¿Todo vuelve a empezar? No, nada comienza de nuevo; cambia el escenario, cambia el contexto, pero somos los mismos. Si, es cierto que a veces nos volvemos irreconocibles, pero seguimos siendo los mismos. La metáfora del hombre nuevo queda bien en los relatos biblicos; en realidad, sólo existe el cambio. El arjé. Lo constante. Lo inmutable. Cambiar es de valientes. Negar su existencia y eficacia, es de cobardes.
¿Cuál es el problema del cambio? Que no siempre nos agrada el resultado, porque no podemos medirlo, porque se nos va de las manos, porque no estabamos preparados.
Tal vez escribo de picada, de llena, de chata o aburrida. Pero sé que algo está cambiando. No sé ve, pero se siente... y ya sea que no lo quiera o que no me agrade, está pasando y no puedo evitarlo, porque al fin y al cabo, es el cambio lo que nos mueve y nos obliga a seguir adelante.
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