"La fuerza de tus convicciones determinará tu exito,
no el número de tus seguidores." RL
Desde pequeña que estaba esperando un acontecimiento en particular. La esperanza de que ocurriera me hacía esperar el verano con una ilusión bastante particular, pero nada sucedía. Hasta febrero del 2014.
Nos fuimos de vacaciones con mi familia, pero esta ve, sí fuimos a acampar solos y no como parte de un campamento de hombres y mujeres jóvenes. Estabamos en Manzanar, en la Novena región. Uno de esos pueblos que por poco y pasan desapercibidos, pero donde las vacas tienen la preferencia en las calles, donde no te despiertan los gallos sino bandadas de loros, donde nos ves un par de estrellas en el cielo sino el cielo entre las estrellas; en síntesis, un lugar mágico.
Pero en medio de toda la magia, hubo tres experiencias que guardo de manera especial: perdernos en un bosque, mirar por la noche ese cielo y compartir una fogata. En esta ocasión, quiero referirme a la última.
En la clase de instituto de hoy, vimos los videos en que Élder Bednar enseña sobre los modelos de luz. Y recordé esa forma parcial y constante en que el fuego nos alumbró y nos dió el calor que necesitabamos.
Habíamos olvidado nuestras chaquetas y zapatos más abrigadores en Rio Claro, cerca de Yumbel en la Octava región, así que enfrentábamos la noche con más ganas y optimismo que abrigo. Juntamos la leña que pudimos para prender fuego, pero teníamos muchos leños y poca yesca. Sin usar aceleradores (principio campista que mamá no permite vulnerar) empezamos a prender la poca yesca que teníamos, pero no teníamos ni la luz ni el calor suficientes para enfrentar la noche precordillerana del sur de Chile. Se nos apagó el fuego por ahogarlo, las ansias son enemigas de la paciencia. Así que, volvimos a buscar yesca para tener el cada vez más necesario fuego. Prendimos la yesca y agregamos leños finos, que poco a poco fueron siendo más gruesos. El fuego ardía, el calor se agradecía y los malvadiscos empezaban a asarse.
¿Por qué atesoro en especial esta experiencia? Porque el primero que intentó prender la fogata, fue papá y al no darle resultado, mamá dijo: te faltaron campamentos y fe. Fe. Esa fue la palabra clave que se ancló a ese fuego.
Durante mucho, mucho tiempo, mi testimonio no era más que un puñado de yesca ardiendo. Y sí, me daba luz y calor, pero sólo por el tiempo que puede estar prendida la yesca. Por decisión personal y por las elecciones que hice en la vida, se fue añadindo leña fina a esa yesca y el fuego empezó a ser más. Pero no fue hasta bien grande (no madura) cuando los leños empezaron a arder. Sí, mi testimonio es como una fogata. Tengo que tener cuidado, porque cuando cae la lluvia, es más dificil mantenerlo, pero ese fuego es el que más se agradece, por la tranquilidad, la seguridad y la calma que entrega. A veces se me agota la leña y tengo que buscar más experiencias espirituales y revelación personal para soplar el fuego, pero está ahí, ya no lo puedo negar. Ya dejó una marca, ya tiene su espacio.
Estaré eternamente agradecida de las personas que me han ayudado a lo largo de la vida a juntar la leña que ha mantenido ardiendo la llama y sé que en todo lo porvenir habrá muchas personas más, porque es más grato caminar con alguien, porque compartiendo la carga tal vez no lleguemos antes, pero si difrutaremos más el recorrido. Estoy agradecida de todos los campamentos, como jovencita, como líder y como hija, que me han ayudado a entender verdades elementales por medio de cosas pequeñas y sencillas.