Lo más probablé es que, de las muy pocas personas que lleguen a leer esto, él no sea uno.
Y es que cuando se trata de decir lo que siento, cuando son cosas importantes, busco estos 'apartados' espacios que nos son los que él frecuenta.
Entonces podría parecer que carece de sentido que lo haga, pero no. Porque lo que quiero es simplemente decirlo, más allá de quién lo lea. Lo que quiero, es que salga de mí. Porque no puedo estar más agradecida por el padre que tengo. La clase de Insituto de hoy me recordó eso. Lo amo. Es un hombre excepcional. ¿Por qué? ¿Qué lo diferencia de otros hombres? Que el Señor lo ha preparado toda su vida, es mi conclusión, para algo grande. Y me gusta pensar que eso grande somos nosotros, su familia: tan complicada, que toda esa preparación era necesaria. Pero cuando lo escucho hablar con los hermanos, sobretodo son los hermanos mayores, cuando lo veo compartir en una clase, cuando lo escucho en las noches de hogar, cuando da una bendicion, cuando ME da una bendición, siento verdaderamente el poder que ese hombre tiene. Ese poder que sólo puede venir de Dios. Si, no es el más elocuente, ni el más versado, ni el más carismatico, ni el más docto. Pero si hay alguien a quien calificaría como "bueno de adentro", es a mi papá. Nunca se ha cansado de enseñar por medio de su ejemplo, no se ha cansado de decirme que debo esforzarme por hacer lo más correcto, no se ha cansado de apoyarme con todo cuando puede y tiene para que sea feliz y no ha dudado para decirme 'no'.
Y todo esto es más allá de que sea mi papá. Lo admiro en todos los ámbitos de su vida. Lo admiro como papá, como esposo, como sacerdote, como miembro de la iglesia, como trabajador, como ciudadano, como conductor, como lider, como siervo. Lo admiro, lo amo y estoy agradecida porque a lo largo de mi vida, en cada bendición de cumpleaños, de inicio de año, de salud, de fortaleza y en cada ordenanza, he podido sentir su amor que destila sobre mí como rocío del cielo.
Y eso ha hecho que yo no quiera menos para el resto de mi vida. Él me enseñó dónde debe estar mi meta, cómo debe ser la persona a quién aspiro, pero también me enseñó y me enseña día a día cómo debo ser y estar yo para merecerlo. No podré olvidar nunca cómo tomó mi mano para conducirme a las aguas del bautismo, el calor de sus manos cuando más mal me he sentido, la seguridad que me da su sola presencia.
No podría haber tenido un mejor papá.